Durante buena parte de mi infancia tuve un miedo atroz a que se acabara la televisión. No me refiero a que cancelaran “Video Loco”, “SuperMarket[1]” o “Si se la puede… gana”, o a que se cortara la luz o que mis padres decidieran que ya había visto suficiente por ese día. Mi temor era más concreto: que la tele, así sin más, dejara de transmitir.
Y que no volviera a hacerlo. Nunca más. Que prendiera mi IRT Alba que sólo alcanzaba a 13 canales y que sólo viera la lluvia analógica gris, monótona, a veces silente y a veces ruidosa, que en el fondo nos decía “oye niño, cambia, que no hay nada que ver acá”.
Las generaciones que no pasaron del análogo a Netflix, YouTube y otras formas de entretenimiento perpetuo nunca van a entender esta preocupación. De hecho, hoy soy yo el que se aburre ante un catálogo infinito. A veces realmente llego a la conclusión de que no hay nada para ver. Pero hubo una época en que los canales tenían horarios de funcionamiento y, llegada cierta hora de la madrugada, se despedían de sus espectadores con una solemnidad que hoy encontraríamos más apropiada para anunciar el fallecimiento de un jefe de Estado.
En mi caso, el responsable de mis miedos era el Canal 13. O, más precisamente, la Corporación de Televisión de la Universidad Católica de Chile, que durante años tuvo la costumbre de despedirse mediante un largo ceremonial audiovisual que todavía recuerdo con una mezcla de cariño y básicamente cagarme de miedo.
La secuencia mostraba el antiguo logotipo de UCTV flotando sobre un fondo negro, salpicado de estrellas. Sonaba una versión instrumental del himno de la Universidad Católica y, sobre aquella escenografía que parecía representar el tránsito del canal hacia la vida eterna, aparecía una voz inconfundible.
Era Javier Miranda, nuestro querido tío Javier.
«Aquí cierra sus transmisiones la Corporación de Televisión de la Universidad Católica de Chile, miembro de la Organización de Televisión Iberoamericana y de la Asociación Europea de Radio y Televisión».
La enumeración institucional podía continuar sin despertar mayores sospechas. Uno podía aceptar tranquilamente que Canal 13 perteneciera a cuantas organizaciones televisivas considerase necesarias. Total, el que pagaba era “Don Eleodoro[2]” y no uno. El verdadero problema aparecía cuando aquella voz profunda, que tantas veces había acompañado momentos felices frente al televisor, comenzaba a despedirse.
Primero venía la advertencia sobre las prohibiciones legales para reproducir sus contenidos[3]. Después, el deseo de que tuviéramos un buen descanso. Y, finalmente, una despedida que encerraba una condición bastante inquietante.
«Será hasta mañana, si Dios quiere».
Aquellas tres últimas palabras constituían, para mí, el verdadero problema.
Porque una cosa era comprender que el canal había terminado su jornada y otra muy distinta descubrir que su regreso dependía de una voluntad divina que, por definición, escapaba completamente a mi control.
¿Y si Dios no quería?
Hoy es fácil reírse de aquello. Pero el miedo infantil tiene una lógica particular y no necesita demasiados argumentos para imponerse. Basta una melodía, una imagen o una voz escuchada en el momento equivocado para que algo perfectamente cotidiano adquiera dimensiones aterradoras[4].
Había, además, algo profundamente distinto en nuestra relación con la televisión. No era todavía ese catálogo inagotable de contenidos que cada espectador podía consumir según su voluntad. Era una institución que organizaba buena parte del tiempo doméstico y que tenía incluso la autoridad suficiente para anunciar cuándo correspondía irse a dormir.
Actualmente, nuestras pantallas funcionan bajo una lógica exactamente contraria. Si antes un canal nos deseaba buenas noches, hoy las plataformas preguntan si todavía seguimos mirando y, antes de que alcancemos a contestar, ya han comenzado a reproducir el siguiente capítulo.
La tele antigua nos mandaba a acostar. La nueva parece empeñada en que lleguemos despiertos al trabajo.
Seguramente resulta más cómodo disponer de entretenimiento a cualquier hora que enfrentarse a una ceremonia de despedida capaz de despertar inquietudes teológicas en un niño que solamente quería ver dibujos animados. Pero hay algo que echo de menos en aquellas transmisiones: la posibilidad de experimentar un final verdadero. Llegar al último minuto de programación, escuchar una despedida y comprender que ya no quedaba nada más que ver.
Mi propio ritual era bastante sencillo. Javier Miranda anunciaba que sería hasta mañana, si Dios quería. Yo apagaba el televisor y esperaba que desapareciera aquel pequeño punto blanco que permanecía algunos segundos en el centro de la pantalla, resistiéndose a extinguirse por completo.
Mientras miraba ese punto, que seguía presente un buen rato incluso al cerrar los ojos, no podía evitar imaginar qué sucedería si algún día Dios se levantaba de malas y decidía no querer.
¿Se acababa la televisión? ¿Se acababa Canal 13? ¿Me acababa yo?
Años después, distintos momentos de la vida me darían la respuesta.
Pero eso es materia de otra columna.
[1] La etapa conducida por Juanito La Rivera. Nunca vi la etapa conducida por Pablo Krogh, el actor que condujo ese programa prácticamente hasta que se lo llevó el cáncer. Ahí quizás habría sumado otro miedo más.
[2] Eleodoro Rodríguez Matte, director ejecutivo del canal. Eterno. Sempiterno. Puño de Hierro.
[3] Literalmente podías ir a la cárcel por grabar Video Loco en un VHS y usarlo para reirte cuando quisieras.
[4] Lo más desconcertante era que los responsables de aquel espanto no eran personajes siniestros, sino figuras entrañables de nuestra televisión. Javier Miranda era una voz familiar y querida, mientras que aquella interpretación musical del himno universitario estaba asociada, en mis recuerdos, con otro personaje entrañable: el tío Valentín Trujillo. Era como descubrir que las mismas personas encargadas de entretenernos durante el día, conduciendo las noticias, Maravillozoo o hueveando con el Profesor Rossa, Don Carter o Guru Guru, habían sido contratadas para recordarnos, llegada la medianoche, la naturaleza transitoria de nuestra existencia. Por el amor de Dios (que en ese tiempo era algo así como el dueño del Canal 13), espero que les hayan pagado bien por una labor tan importante.
Mira los episodios completosHistoria de Chile en formato corto, en el canal de YouTube
Ver en YouTube