Para los que somos seguidores del fútbol, al hablar de “Mago” uno hace inmediata relación con aquellos jugadores que, aun cuando no usen capa ni sombrero de copa, son capaces de ilusionarnos con la vistosidad de sus jugadas, como si hicieran magia con los pies, como Jorge Valdivia, quizás el último Mago del fútbol chileno.

Pero nuestra historia nos dio otro Mago, claro que no en una cancha de fútbol, sino que en la cancha de la Hacienda Pública. Y el partido que le tocó jugar cuando ingresó a la cancha parecía ser una derrota enorme para Chile, pero pudimos salir jugando y salvar la dignidad en ese partido dramático que fueron los años 30 en nuestro país.

Hablamos de Gustavo Ross Santa María, un tipo que venía del mundo bursátil, donde había demostrado gran habilidad, pero con una orientación política definida: era de derecha (no militaba, pero podríamos decir que estaba en un punto intermedio entre liberales y conservadores, manifestando cierta simpatía por el ideario portaliano, según nos cuenta Joaquín Fermandois). Y esa posición política le valió la persecución durante la tiranía de Ibáñez, donde compartió la suerte del destierro junto a otros notables como Eleodoro Yáñez o Arturo Alessandri, tal como nos narra Villalobos en su obra.

A su vuelta a Chile, la situación nacional no podía ser más espantosa: no solo una anarquía política que, tras la caída de Ibáñez, trajo una serie de asonadas militares, incluyendo el fugaz experimento de la República Socialista. La Crisis de 1929, que en Chile se desató a comienzos de 1931, no pudo ser más cruel con nosotros: de acuerdo a las listas de la Sociedad de las Naciones, Chile fue el país mas afectado en el orbe por la crisis mundial.

Y es en ese contexto (y volviendo brevemente a la analogía futbolera) que a su vuelta a La Moneda a fines del año 32, el DT Arturo Alessandri convoca al “Mago” Ross para que derrochara su talento en un partido que se perdía por goleada, donde quien gobernaba, cada mañana, no sabía si iba a terminar el día en su puesto.

Por una parte, reformó el modelo de comercialización del salitre (que hasta hace no mucho era el sustento de Chile, antes de la irrupción de la actividad cuprífera), modernizándolo y permitiendo con ello la generación de recursos de manera eficiente. Primer gol del “Mago” Ross.

Impuso medidas de restricción del déficit fiscal, de modo de que nuestro Estado, cada vez mas grande luego de la tiranía de Ibáñez y de la República Socialista, dejara de seguir endeudándose sin control, ordenando la casa. Segundo gol, de tiro libre, del “Mago”.

Con los ingresos que comenzaron a aparecer luego de las reformas antes mencionadas, pudo consagrar las fuerzas del aparato fiscal a las obras públicas, como el Estadio Nacional, generando actividad interna, con las consecuentes alzas en las tasas de empleo, tan golpeadas desde la crisis del salitre a comienzos de la década. Golazo de cabeza de Ross, que ya había sido bautizado como “mago de las finanzas” por la prensa (evidentemente no fue mi sola creatividad la del apodo).

Incluso, una avivada del “Mago” Ross permitió salvar una situación que parecía un desastre: a menos de dos años de haber asumido el Ministerio de Hacienda logró saldar la deuda externa privada de Chile, mediante una jugada llena de picardía como fue conseguir una rebaja de la misma para luego adquirirla personalmente.

Chile ganó el partido (y, de hecho, logró dejar más menos bien estabilizado al país tras años de convulsión), pero le pagó mal. Una campaña presidencial basada en el carisma de Pedro Aguirre, su rival, lo puso frente a una pelea estrecha, donde el “Mago” exhibía gestión, pero carecía de encanto personal. Y el torpe manejo del Presidente Alessandri frente a los trágicos hechos del Seguro Obrero el 5 de septiembre de 1938 lo llevaron a una derrota inmerecida, la más estrecha en la historia de Chile. Algo nos dice ese último dato.

Y así terminó la carrera “deportiva” del Mago Ross, el talentoso que nos sacó adelante en uno de los partidos mas difíciles de nuestra historia. Una carrera breve, de abrupto e injusto final, pero que merece todo nuestro reconocimiento. Ganarle a la adversidad no es fácil, menos en un país como Chile, con sus características tan especiales.

Y el Mago Ross ganó, casi solito, ese partido.

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